nº137 Enero 2010 Archivo
NIPO: 705-10-012-0
Ganar fuera de casa
Miguel Rodríguez, presidente del Grupo Festina


La otra recia vertiente de la que se nutre su carácter es una idea de la libertad que en el plano intelectual alimenta su anticlericalismo y en el ámbito decisional una determinación sin falla, como la que le condujo a desertar del servicio militar y a asumir plenamente esa nueva etapa de su aventura comenzada en Suiza.


Una idea de la libertad, de la libertad individual de emprender contra los dictámenes del viento y la marea, empezó a tomar cuerpo más allá o más acá de los insolubles antagonismos políticos y sociales en los que el espíritu español, de ambos lados de una frontera ideológica cada vez más borrosa, laminaba sus fuerzas y su genio. La libertad abstracta conduce a la irreverencia sin asidero mientras que la libertad plástica, en la que se dan cita la materia y el espíritu emprendedor, conduce a la creatividad. Miguel pertenece sin lugar a dudas a esta última categoría.


Solidaridad, libertad, creatividad, una triada armónica que condujo a Miguel Rodríguez, en un país como Suiza, hacia el mundo empresarial después de su paso por el Partido Comunista suizo y de su experiencia, durante una corta visita como delegado, de las miserias del régimen comunista búlgaro, que no trepidó en criticar, porque el peor enemigo de esta libertad plástica, creadora, emprendedora es el miedo.
“Yo he toreado muchas veces vaquillas. Aprendes primero el sentido del riesgo, aprendes a controlar el miedo. Todos los hombres tenemos miedo, la diferencia es que a unos el miedo los inmoviliza y otros, en cambio, son capaces de reaccionar y lo controlan, así transforman lo que es una debilidad en algo positivo: esa es la gran diferencia entre el éxito de unos y el fracaso de otros.”


Allí en Suiza, Miguel Rodríguez adquirió una sólida experiencia del mundo laboral a través de su propio trabajo como mecánico en una fábrica de turbinas tanto como por su participación en las organizaciones sindicales del país, que le proporcionó una visión integral de la gestión y organización de los trabajadores.


El sentido directo de la temprana democracia suiza abre un espacio singular en el que el paso del materialismo filosófico y dialéctico al materialismo industrial y empresarial puede producirse sin rupturas y con plena coherencia imprimiendo incluso a este último un trasfondo humanista y racional.


Un inédito desfiladero cuyo franqueo requiere de una entereza humana en todos los planos y que Miguel Rodríguez simboliza a la perfección, casi como la exacta antítesis del protagonista de Homo Faber, la novela de fines de los 50 del conspicuo escritor suizo Max Frisch.


A su regreso a Barcelona, en los años 70, se dedicó con éxito a vender relojes suizos por toda España, lo que le permitió entregarse a su verdadera vocación de creador de riqueza adquiriendo la primera de sus cuatro marcas suizas, Lotus, en 1981, a la que vendría a agregarse en 1984 Festina y, más tarde, Jaguar y Candino.


Es en el ámbito de la manufactura, del mundo fabril, donde las calidades del carácter y personalidad de Miguel Rodríguez se dan cita de la manera más cabal, genuina y productiva. Allí sus ideas humanistas y su fidelidad hacia el mundo del trabajo encuentran su justa expresión y realización.


Las empresas que hoy forman el Grupo Festina, hace hincapié Miguel, se inscriben en una economía centrada en la transformación de la materia. “De un trozo de acero que no vale nada extraemos un reloj a la manera de un escultor. En el fondo se trata de transformar la realidad, que es lo que el hombre ha hecho a lo largo de la Historia, de cambiar el entorno”.
Los relojes en el siglo XVII constituían un arma estratégica, un instrumento con el que se podían situar exactamente los paralelos. “Los ingleses fabricaron 35.000 cronómetros de marina, para saber siempre donde estaban, lo que les confería cierta invencibilidad. Yo concibo el reloj como un complemento, no como un instrumento para controlar el tiempo de la gente ni para hacerlos más esclavos.”


“En la creatividad hay una parte de locura que se traduce por una idea y luego mucho trabajo. La creatividad se  produce en el contacto prolongado con la materia. Una idea genial viene en un segundo, pero desarrollarla significa horas y horas de dedicación y muchísima pasión”, concluye Miguel Rodríguez.


Al despedirnos, entre las volutas del humo del cigarrillo que se mezclan al del aroma del amable café que compartimos, los ojos de Miguel Rodríguez, como surgiendo de la esfera cristalina en la que segundo tras segundo visitamos algunos momentos clave de su vida, brillan con la exactitud del presente para continuar con su apasionada actividad y su incesante viajar que en pocos instantes lo conducirán hasta su hogar en Suiza. RODRIGO VICUÑA


 

 

 

Páginas
1 2