nº145 Octubre 2010 Archivo
NIPO: 705-10-012-0
Ganar fuera de casa
Miguel Escobar, presidente de Future Cities International y de la Asociación de Negocios España-Canadá

 

El progresivo predominio del desarrollo urbanístico utilitario de las grandes ciudades occidentales como Montreal apela a una creatividad arquitectural que aúne los ámbitos público y privado. Un santanderino en el nuevo mundo nos lo demuestra.

“Cuatro décadas y un lustro han pasado desde que nuestro protagonista, Miguel Escobar, partió desde su Santander natal hacia las lejanas e inmensas tierras de Canadá para afincarse definitivamente en Montreal, en la provincia de Quebec.


Nació en la zona pobre aledaña a Puertochico, en la calle de Tetuán, donde su primera infancia gozó de la libertad que en esos años los niños podían respirar sin grandes preocupaciones por el tráfico o los problemas que hoy pueden acecharlos. Más aún en un barrio de pescadores como era todavía en esos años Puertochico, con el tráfago y el colorido propio de los hombres y mujeres en contacto directo con un mar del que deben extraer su subsistencia. Allí, iban “las mujeres, con las piernas desnudas, abrumadas por el enorme peso de los capachos llenos de plateadas sardinas; otras […] cargadas con bonitos azulados y con reflejos metálicos, con las agallas todavía chorreando sangre, enormes y panzudos. Luego cruzaban marineros con trajes pintorescos […] llevando a cuestas las redes llenas de plomos, corchos y los remos de las traineras”, como describiera en 1920 José Gutiérrez Solana en “La España negra”. Su prosa, al igual que la poesía de Gerardo Diego en “Mi Santander, mi cuna, mi palabra”, nos da una idea del espacio físico y mental en el que transcurrió, aunque bastantes años más tarde, la primera infancia de Miguel. Hoy, lugar de encuentro de gente joven, de artistas, escritores y bohemios, su espacio urbano reducido está aún lleno de historia.


“De cuando apenas andaba a gatas, tengo recuerdos de la casa de mi abuela tan claros que, como mis padres no lo creían, dibujé con detalle los diferentes ambientes de manera inusual para un niño tan pequeño como era en ese entonces. Desde muy temprano, tuve esa muy clara noción del espacio y de los ambientes que genera”, comenta Miguel Escobar recordando esa bella y premonitora precocidad de sus años de infancia en un lugar tan especial.


En el año 1965, buscando mejor suerte, su familia pudo partir para Canadá, donde Miguel, más allá del descubrimiento de la inmensidad de los espacios del Nuevo Continente, entró en contacto con esas extrañas entidades que son las ciudades para un joven atento al orden arquitectónico de la vida y de las cosas cotidianas. Primero Londres, luego Windsor, ambas en la provincia de Ontario, y más tarde Montreal, donde finalmente su familia se instaló y donde Miguel hizo la carrera de Arquitectura, que completó con un máster en la Universidad de Columbia en Nueva York (EEUU).


“Cuando vinimos a Canadá no teníamos dinero, pero mi padre compró un coche, un viejo Rambler con el que conocimos Washington, Nueva York, Chicago. Recuerdo en esa época haber dormido bajo el impresionante arco de San Luis, en la homónima ciudad de Misuri, al que subimos al día siguiente. Cuando vas en coche ves cómo los edificios se mueven, cambian el espacio y cambian en el espacio; cómo surge en la distancia la cúpula blanca y pura del capitolio de Washington mientras vas pasando por las peores partes y barrios de esta ciudad. A los nueve años ya había decidido que quería ser arquitecto”.


El encuentro de Miguel con un país de infatigables emprendedores fue como un revelador de su intrépido carácter y de una cierta visión panóptica de las orientaciones clave que debía tomar su vida en un mundo nuevo, parecidas, mutatis mutandi, a las visiones que configuran “Quince días en el desierto”, el relato de Tocqueville a su vuelta del viaje que realizara con su amigo Beaumont en 1831 desde Nueva York hacia las tierras de los iroqueses que habitaban la región de los Grandes Lagos, en el sur de Ontario, por la que se internaron no sin riesgos.


En 1977, Miguel comienza su carrera profesional en el estudio del arquitecto Alexander M. Henderson y ocho años más tarde, como colaborador de la empresa de planificación urbana y regional Daniel Arbour & Associés, se encarga de concebir el plan director del nuevo casco urbano de la ciudad de Gatineau, en el sudoeste de la provincia de Quebec. Entre los años 1986 y 1990, como arquitecto independiente, realiza la reubicación y construcción del hospital Monte Sinaí, situado a unos 100 km al norte de Montreal, “de cuyo comité de construcción hoy sigo formando parte, después de 20 años de haber llevado a cabo este proyecto, y en cuyo consejo de administración estoy desde hace tres años”. Inmediatamente después, dirige los departamentos de Planificación Urbana y de Servicios Técnicos de la ciudad de Greenfield Park, hoy barrio de la ciudad de Longueuil, en Quebec, donde coordina varios proyectos inmobilarios y de ingeniería civil así como la planificación regional de desarrollo, que le obligan a ocuparse de innumerables aspectos que requieren conocimientos muy diferentes de los propios de la arquitectura, un reto importante que Miguel acepta sabiendo que allí forjaría la experiencia necesaria para proyectar esa unión entre la arquitectura y el urbanismo que prefigura el sentido profundo de la construcción de los espacios ciudadanos tanto como la necesaria armonía entre los intereses privados y los proyectos públicos.


Esta clara orientación suya encontró en 2006 otro punto fuerte. Involucrado en diversas asociaciones latinas, españolas y canadienses desde mediados de los 90, Miguel terminó impulsando, con la ayuda de Enrique Fanjul, entonces consejero económico y comercial de la Embajada de España en Ottawa, la creación de la Asociación de Negocios España-Canadá, de la cual es presidente, con el objetivo de desarrollar los vínculos entre españoles que desempeñan ya o desean desempeñar un papel importante en la economía canadiense y las empresas canadienses implicadas o deseosas de implicarse en el mercado español. “La idea es fomentar las relaciones entre compañías españolas y canadienses, creando un foro estrictamente de negocios”. Al lado de empresas grandes como Dragados, Acciona o Zara, existen muchas otras empresas españolas más pequeñas presentes en Canadá y otras cuyos productos se venden bajo marcas de otros países: es el caso de productos alimenticios como el aceite de oliva exportado a granel y vendido bajo marca italiana, por ejemplo, por lo que “no parece haber entre estos pequeños productores una voluntad clara de crear una imagen de marca española para diversos productos de calidad”.


Esta asociación empresarial, cuyo creciente dinamismo significa un impulso importante para las relaciones comerciales entre los dos países, ha empezado a desarrollar una serie de reuniones, en tanto que asociación canadiense, en diferentes ciudades del país. La última, que tuvo lugar en la capital de Ontario, Toronto, poco tiempo después de concluida en Bruselas la tercera ronda de negociaciones entre Canadá y la UE para la consecución de un acuerdo global en materia económica y comercial (ver El Exportador, nº 143), contó con la presencia del ministro canadiense de Comercio Exterior, Peter Van Loan, para el que estas negociaciones representan la iniciativa comercial más importante desde el Tratado de Libre Comercio con México y EEUU. “El ministro nos habló del progreso de las negociaciones y nos sorprendió porque nos dijo que, aunque la meta estaba prevista para 2012, él pensaba que las negociaciones llegarían a un acuerdo en 2011”.


En el curso de nuestra conversación se puede percibir claramente cómo, para Miguel, el espacio físico que es su materia prima en tanto que arquitecto va encontrando un asidero y un sentido trascendente en este otro espacio, el de lo público, más sutil para el ciudadano y muchas veces inasequible a la iniciativa privada. Repasando los proyectos arquitectónicos llevados a cabo por el estudio que abrió en 1996 bajo el nombre de Miguel Escobar, Architecte + Urbaniste y refundado en 2002 como Future Cities International para los proyectos internacionales, como el diseño y plan estratégico de desarrollo urbano para el distrito comercial de Wangfujing (en el centro de la ciudad de Pekín)  -un modelo urbanístico que Miguel quisiera generalizar, inspirándose en la Ciudad Interior de Montreal (el complejo subterráneo más grande del mundo, con más de 30 km de conexiones entre edificios, centros comerciales y servicios de todo tipo)-, constatamos fácilmente la coherencia con su quehacer asociativo, así como con su constante preocupación por la cooperación público-privada.

RODRIGO VICUÑA