El abuelo trabajó en el mejor taller de Madrid. El padre, uno de los más reconocidos lutieres de España, se independizó, se instaló en EEUU y volvió. El hijo ha montado fábrica en España y en China. Con un legado de 105 años de excelencia en la fabricación de guitarras, todo es posible para la saga familiar Manuel Rodríguez.

“Hay vidas calladas e indiferentes, como el preludio semiaudible de una sinfonía romántica. Hay vidas pobladas y ruidosas, como el contrapunto saturado de una tocata barroca. Hay vidas agresivas e intensas, como el apogeo de una ópera clásica. Y hay vidas que abarcan todas las formas de sonido, que se derraman por el aire y por el suelo, que pueblan los espacios con afán conquistador, que inundan todo lo que encuentran a su paso, para esparcir belleza y bondad. Ese fue el tipo de composición de la vida de don Manuel Rodríguez. Ese fue el alcance de la partitura de su existencia”. Óscar Arias, ex presidente de la República de Costa Rica, iniciaba así su carta de pésame a la familia al conocer la noticia del fallecimiento en 2009 de Manuel Rodríguez padre, cuyo cuarto de lutier se mantiene incólume en las instalaciones que ocupa actualmente esta empresa, con una historia digna del calificativo de epopeya.
Preludio: a capriccio
Arranquemos a finales del siglo XIX en San Fernando, Cádiz, tierra de nacimiento del primer lutier de la saga familiar, Manuel Rodríguez Pérez, precursor y abuelo del actual gerente de la empresa. Su padre, Manuel Rodríguez Marequi, había aprendido el oficio de la guitarra por afición. El naufragio de una fragata alemana anegó el negocio familiar, una freiduría de pescado, y el bisabuelo del actual gerente retomó su virtuosismo a la guitarra flamenca y tocó en prestigiosos cafés en Andalucía, en Madrid y en locales de ciertas capitales europeas.
“Mi abuelo se fue a Madrid, la escuela más antigua del mundo de la guitarra clásica”, incide el actual Manuel Rodríguez en su fábrica de Esquivias (Toledo). “Quien quiere comprar una guitarra clásica de alta calidad va a Madrid o a Granada”. Manuel Rodríguez Pérez entra a trabajar en 1905 como aprendiz en la casa Agustín de Andrés en la capital y en 1908, cuando la familia se traslada a París, lo hace en el taller de Julián Gómez hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, año que marca el regreso de la familia a la Villa y Corte.
A su vuelta, se emplea como barnizador, primero en el taller de José Ramírez y luego en otros talleres hasta los años de la Guerra Civil, a cuyo término Manuel Rodríguez Pérez regresa con su mujer y sus hijos a su apartamento de la calle Ministriles en Madrid y vuelve al taller de José Ramírez como barnizador, y su hijo, conocido en la historia de los lutieres en España como Manuel Rodríguez II, se inicia como aprendiz a los 13 años de edad. Poco después, este instala su propio banco de trabajo en casa, donde hace composturas para amigos. La primera guitarra que firmó y etiquetó, en 1945, a la edad de 19 años, era de flamenco. La calidad consigue que su nombre empiece a sonar.
Primer movimiento: andante sostenuto
En 1955, Manuel Rodríguez II monta en Madrid su propio taller en la calle Ministriles, pero en 1957 se traslada a la calle Jesús y María. Sus guitarras se vendían en Francia, el Reino Unido y EEUU. En 1959, un año después del fallecimiento de su padre, “Theodore Norman -profesor de guitarra de la Universidad de California-Los Ángeles (UCLA) y discípulo de Andrés Segovia- se asomó al taller”, recuerda con entusiasmada mirada Manuel Rodríguez hijo. Lo animó a irse a EEUU, pues había mucha demanda de guitarra española. “Mi padre veía que no había futuro en España. Sin saber nada de inglés, se casó con mi madre y emigraron ambos”. A su llegada ya tenía encargos. El primer taller estaba en el Willhire Boulevard de Los Ángeles, en una vivienda cedida por Mr Brown, dueño de la Brown Violin Shop y aval para su entrada en el país. Al poco tiempo, trasladaron el taller a North Highland Avenue en Hollywood y, tras el anuncio de la demolición forzosa del edificio, este terminó ubicado en su propio hogar, el 8410 de West Third Street.
“Mi padre cubría básicamente el mercado local, aunque exportaba algo a Alemania. Hacía guitarras para actores de Hollywood, músicos, doctores… Había mucha demanda”. Fueron los años de mayor popularidad. El taller trabajaba siempre por encargo.
A principios de los sesenta, el propio Theodore Norman le plantea si es posible mejorar la afinación de la guitarra. Manuel Rodríguez II presta atención al problema y le da una solución técnica satisfactoria: nace el puente movible, gran innovación que marca sus guitarras desde entonces. El mismo Andrés Segovia, encantado con la innovación, le da gran difusión entre los concertistas de guitarra.
También durante los años sesenta del pasado siglo llega la competencia japonesa, que invade poco a poco el mercado estadounidense con logradas imitaciones de guitarra española a buen precio. A cambio, esta oferta japonesa contribuyó a dar difusión a la guitarra en otras regiones del mundo donde hasta entonces era desconocida. “En el año 70, la competencia japonesa arrasó en EEUU y no teníamos ventas”, reconoce Manuel Rodríguez hijo. En abril de 1973, su padre cierra el taller para regresar a Madrid, donde monta otro pequeñito en la calle Hortaleza.
“Al volver a España, fortalecimos más el mercado europeo, aunque fue duro porque los japoneses también estaban aquí”. En 1982, con la ayuda del ICEX, los 10 lutieres de la Escuela de Madrid se unen para exponer juntos en la feria Musikmesse, en Fráncfort. La idea era “unirnos todos bajo la bandera española frente a la guitarra japonesa. Montamos un stand de 100 m2. Eso fue un choque para el mercado”. Tras esta feria, Manuel Rodríguez hijo, nacido en 1963, también lutier, contagiado desde pequeño por el afán emprendedor de sus padres y cuyo fluido y nativo español no logra esconder la rapidez y el deje en el habla de su origen californiano, viaja a Londres con una de sus guitarras artesanales como muestra, busca trabajo en un hotel de lujo y visita a potenciales clientes: guitarristas, tiendas y academias. Vende algunas unidades y recibe encargos de guitarras de precio medio. Así, el joven lutier decide crear una línea comercial de guitarras artesanas económicas, que le proveen tres fabricantes valencianos de confianza, bajo sus órdenes y especificaciones.